De todos los regalos otorgados por Dios, el que nos define es la personalidad. Aquel que nos permite a cada uno de nosotros ser una persona única es el regalo divino de la personalidad. Es el recipiente espiritual que sostiene y coordina nuestras partes constituyentes: cuerpo, mente, y espíritu.
La Personalidad Nos Da el Poder de Elegir
La personalidad trae consigo nuestra habilidad de elegir-Voluntad humana. En un sentido muy real, cada individuo tiene un papel indispensable que jugar en convertirse completamente en una persona. La personalidad nos da el poder de ayudarnos a crearnos a nosotros mismos. Nuestras decisiones, determinan como la personalidad que nos dan va a florecer junto al poder de crecer y desarrollarnos a nosotros mismos en el mundo.
Las pequeñas decisiones que tomamos múltiples veces cada día parecen inconsecuentes, simples decisiones ordinarias, ser paciente o enojarse, escuchar a alguien genuina o superficialmente, averiguar cómo está un amigo o continuar con nuestras vidas ocupadas. Pero estas decisiones de la personalidad determinan lentamente la clase de persona que estamos prefiriendo ser. Si nosotros escogieramos la bondad, la amabilidad, la integridad, la generosidad, el honor, y otras cualidades amorosas de la deidad, entonces nos acercaríamos más a la armonía con Dios. Si optamos ser egocéntricos, nos estancamos. Elegir ser como Dios nos abre la puerta al crecimiento interior.
La Relación Surge de La Personalidad
El segundo gran regalo que viene con la personalidad es nuestra capacidad de conectarnos con otros. Podemos conocer y ser conocidos, formando lazos que dan significado y alegría a nuestras vidas. Este es el precioso don de la compañía. Cada uno de nosotros anhela amigos verdaderos y leales, relaciones que nos enriquezcan y nos sostengan. Sin la capacidad de conexión que nos brinda la personalidad, la amistad no existiría.
La Familia Evoluciona a Partir de la Relación
De la compañía surge el regalo más profundo: la capacidad de amar y ser amados. Nada nutre más el alma humana que una relación amorosa, ya sea en amistades profundas, relaciones románticas o vínculos familiares. Cuando damos y recibimos amor libremente, prosperamos y nuestras personalidades se desarrollan plenamente, convirtiéndonos en la mejor versión de nosotros mismos.
Nuestra Relación Suprema es con Dios
La personalidad nos permite experimentar la relación más extraordinaria de todas: nuestra conexión con Dios, el padre divino que nos ha dado nuestro potencial y guía nuestro crecimiento. Dios es la fuente de toda personalidad, el ser supremo a quien podemos amar y quien nos ama incondicionalmente. Aunque la divinidad y la humanidad puedan parecer mundos aparte, podemos llegar a conocer y amar a Dios como una presencia personal en nuestras vidas. Podemos sentir su amor por cada uno de nosotros como individuos únicos, recordándonos que nunca estamos realmente solos en el universo.
El amor del Padre individualiza absolutamente cada personalidad como un hijo único del Padre Universal, un hijo sin duplicado en el infinito, una criatura volitiva irremplazable en toda la eternidad. El amor del Padre glorifica a cada hijo de Dios, iluminando a cada miembro de la familia celestial, perfilando agudamente la naturaleza única de cada ser personal frente a los niveles impersonales que se hallan fuera del círculo fraterno del Padre de todos. El amor de Dios retrata vivamente el valor trascendente de cada criatura volitiva, inequívocamente revela el altísimo valor que el Padre Universal ha colocado sobre todos y cada uno de sus hijos (12:7.9)